domingo, 6 de marzo de 2011

Sexo y tecnología, un matrimonio que apenas comienza.

Juan hoy tiene 34 años, pero su primer encuentro cara a cara con un par de boobies fue a los 13, cuando pasó por la droguería de su cuadra y vio de reojo la portada de una revista sueca en la que una despampanante rubia exhibía con orgullo todos sus atributos. A esa edad, el vistazo fugaz de esa Venus fue suficiente para que el joven Juan sintiera la curiosidad de querer ver más, pero no tanta como para superar la pena y tratara de conseguir la revista al costo que fuera.

Por fortuna para él, sus primos casposos y amigos grandes del colegio le ahorraron trabajo: Mientras unos tenían una película pornográfica en casa (que Juan tomaba prestada a escondidas), los otros accedieron a revistas explícitas con más facilidad, y las rotaron entre sus compañeros. Y, como si fuera poco, Juan descubrió un juego de póquer de su papá, que en lugar de las tradicionales pintas tenía a unas viejotas muy provocativas y sin pudor.

Hoy las cosas son diferentes. El sexo explícito ha penetrado todas las capas de la tecnología, y los filtros de protección son como un chiste para los adolescentes hormonales. Hay que recordar que, a diferencia de Juan, los jóvenes de estos días tuvieron desde pequeños una fuerte influencia de los computadores e internet, un lenguaje con el que están muy familiarizados.
Basta con digitar en Google la palabra “sexo” para obtener más de cien millones de resultados, que pueden ser el deleite de ansiosos teens. Como explica Alex Norris, de New York Magazine: “Los chicos que apenas están empezando a tener enredos románticos nacieron por los tiempos en que muchos de nosotros estábamos abriendo nuestra primera cuenta de correo electrónico –(...) Su maduración sexual está inexorablemente atada a la tecnología”.

Pero el asunto va mucho más allá: El vínculo entre sexo y tecnología sí puede cambiar la forma en la que la gente ve hoy el empuje de su intimidad. Los chicos, por ejemplo, quieren sexting, una práctica en la que se envían fotos a través del celular (y otros medios electrónicos) con poca ropa. Todo se basa en el estímulo visual.

Si los abuelos llevaban serenata, los papas se conocían en la universidad o en fiestas y los adultos de hoy flirtean en discotecas, las nuevas generaciones levantan por internet. Y cuando han levantado, también intiman digitalmente. El acercamiento entre las personas ya no es el mismo, y nadie sabe muy bien cómo eso va a cambiar a la sociedad.


Por otro lado está la pornografía, una fuente inagotable de información que más de uno quiere vivir en carne propia, por más arriesgadas que parezcan las hazañas de los pornstars. Internet ha convertido el despertar sexual de los jóvenes en una dura competencia sobre cuál es más sexy, cuál se ve mejor, cuál tiene las mejores fotos y, por ende, más posibilidades de ser popular y triunfar. Una competencia que Juan y sus compañeros tuvieron contra galanes de telenovela, sin Photoshop y sin medios propios para hacerse auto propaganda.


Los jóvenes de hoy, a pesar de todo, son concientes del cuidado que deben tener con extraños cuando están online. Pero muchas veces no miden las consecuencias de la información que revelan en sus perfiles de redes sociales ni de las fotos que publican. A veces el furor hormonal es mucho más fuerte que el sentido común, y allí está el peligro.
La lección está por aprender: ¿Cómo se puede manejar esta biblioteca de acceso masivo a información sobre sexo, que al mismo tiempo es una vitrina de coqueteo? Opina dejando tu comentario.

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